¿Para mí ha sido fácil llegar a dónde estoy?

No.

Y no lo digo para que me aplaudas.
Lo digo porque, si hoy te sientes “menos” por lo que sea —tu cuerpo, tu historia, tu cabeza, tu pasado— quiero que entiendas algo: la mayoría de la gente no tiene ni idea de lo que hay detrás de la autoridad real.

La autoridad no es postureo.
No es hablar bonito.
No es aparentar seguridad.

La autoridad es haber sobrevivido a cosas que te podían haber roto… y aun así haber construido algo con eso.

A mí me dijeron, desde muy pequeño, que no podría hablar.
Que no haría vida normal.
Que lo máximo a lo que podía aspirar era a “adaptarme”.

Y cuando eres un niño, eso no te entra como una frase.
Te entra como una sentencia.
Como una idea silenciosa que empieza a vivir en tu pecho: “No soy como los demás”.

La diferencia es que yo tuve algo que me salvó antes de que yo pudiera entenderlo.

Tuve a mis padres.
Y tuve a Cristina.

Y sí: Cristina fue la primera persona a la que odié.


Cristina no venía a consolarme. Venía a forjarme.

La gente se imagina a una logopeda como alguien dulce, con sonrisas y palabras suaves.
Cristina no era eso.

Cristina era un estándar.

Tenía esa forma de mirar que te decía, sin decirlo: “No voy a tratarte como frágil.”
Cristina no venía a suavizarme el mundo. Venía a sacarme de ahí, aunque yo no lo supiera, aunque yo me resistiera, aunque a mí me pareciera injusto.

Y lo hacía con una disciplina que, para un niño, se siente como crueldad.

Recuerdo una mesa verde pistacho.Cristina no venía a consolarme. Venía a forjarme.Párrafo
Un verde feo. Institucional. Un color que mi cerebro archivó como “castigo”.

Y recuerdo mi ritual.

En una caja había juguetes pequeños. Coches.
Yo metía la mano y buscaba mi talismán: un coche superdeportivo azul.
Lo colocaba a mi lado sobre la mesa verde como si fuera mi única libertad.

Porque mientras yo estaba atrapado en esa silla, imaginaba que ese coche podía arrancar y sacarme de allí a toda velocidad.

Y entonces empezaba la guerra.

—Dilo otra vez —decía Cristina.

Su voz no era un grito. Era peor: era un estándar que no se movía.

Yo decía una palabra.
Si el sonido no era perfecto… se repetía.

Otra vez.
Y otra.
Y otra.

Hasta que mi boca obedecía. Hasta que el sonido era el correcto. Hasta que ella decidía que era suficiente.

A veces podían ser 3 horas.

Horas con la garganta seca.
Horas con la frustración creciendo como una marea negra en el pecho.
Horas queriendo llorar… sabiendo que llorar no acortaba nada.

Mientras otros niños estaban en el patio, yo estaba en un entrenamiento que no elegí.
Yo no veía “futuro”. Yo veía a una adulta quitándome la libertad y obligándome a repetir lo mismo hasta que saliera perfecto.

Con los años entendí lo que entonces no podía entender:

hay dolores que te rompen y dolores que te construyen.

Cristina tenía una frase que repetía como una orden de guerra:

“Vas a ser una persona normal como todos. No eres diferente.”

Pero no lo decía para consolarme.
Lo decía para blindarme.

Ella sabía lo que yo ignoraba: que la sociedad no espera. Que el mundo es impaciente. Que la gente no tiene piedad con el que va “más lento” o vive “en silencio”.

Cristina no estaba luchando contra mi sordera.
Estaba luchando contra mi destino de ser una víctima.

Y sin saberlo, en esa mesa verde, me instaló el patrón que me salvaría más tarde en otras batallas:

Incomodidad → Resistencia → Progreso.

No es bonito.
No es sexy.
No vende motivación barata.

Pero funciona.

Cuando has repetido mil veces algo que no sale, aprendes algo que la mayoría no sabe:
aprendes a quedarte.
aprendes a no negociar con el esfuerzo.
aprendes que el progreso no llega cuando te apetece, sino cuando te mantienes.

Y esa mentalidad no se me quedó solo para “hablar”.
Se me quedó para todo.

Porque yo entendí algo muy pronto:

Si quería lograr lo que otros daban por hecho, iba a tener que trabajar x10.
Y no hay drama.
Es mi realidad.
Es mi mapa.

Más horas.
Más repetición.
Más disciplina.

Y lo asumí.

Hacer vida normal” no gracias. Es aburrida.

Con el tiempo llegué a un punto en el que ya no quería “ser normal”.

De hecho, te lo digo claro:

hacer vida normal es muy aburrido.

Yo no quiero una vida plana.
No quiero una vida donde el objetivo sea encajar.
Yo prefiero una vida anormal, pero con esencia propia.

Yo prefiero una vida donde el esfuerzo no sea un castigo, sino un lenguaje.
Donde la disciplina no sea una cárcel, sino libertad.Hacer vida normal” no gracias. Es aburrida.Párrafo

Y eso —te guste o no— da autoridad.
Porque mucha gente habla de disciplina cuando le va bien.
Pero muy pocos la conocen cuando es obligatoria.

Luego llegó la adolescencia… y otra etiqueta

Y por si la vida no hubiera sido suficientemente creativa, llegó otra etiqueta:

TDAH.

Me dijeron que por eso no podía estudiar.
Que por eso no me concentraba.
Que por eso no sería “una persona normal”.

Que lo mío no era la universidad.
Que mejor estudios básicos, “acorde a mi capacidad intelectual”.

Así. Sin anestesia.

Como si tu futuro cupiera en un informe.

Y aquí viene algo importante:

A veces, el daño no te lo hace lo que te pasa.
Te lo hace lo que te dicen sobre lo que te pasa.

Porque cuando una figura de autoridad te etiqueta, algo dentro de ti se encoge.
Empiezas a mirarte como si hubiera algo defectuoso.
Como si tu cabeza fuera una limitación permanente.

Durante un tiempo lo dudé.

Pero pasó algo que no se puede medir en un test:

Yo no dejé de ser curioso.
No dejé de obsesionarme cuando algo me importaba.
No dejé de querer más.

Y entonces tomé una decisión interna que ha guiado mi vida desde entonces:

que les den.

Que les den a los que te dicen quién eres.
Que les den a los que deciden tu techo.
Que les den a los que confunden estadísticas con destino.

Porque esto es lo que nadie debería tolerar jamás:

Que alguien te ponga una etiqueta que tú no has elegido… y pretenda que vivas dentro de ella.

Mira lo que pasó después

Me saqué los estudios que quise.

Entrenador personal.
Grado medio de farmacia.
Grado superior de dietética y nutrición.
Y actualmente estudio Psicología.

Y además leo.

Casi dos libros por semana.

No para presumir.
No para ser el próximo Einstein.
Leo porque me gusta y punto.
Porque me alimenta. Porque me centra. Porque me da perspectiva.

Y sobre todo porque, durante años, al ser sordo la lectura era lo único que podía comprender sin perderme.

¿Qué quiero que entiendas de mí?

Que yo no estoy aquí para que me tengas pena.
No juego la carta de “pobrecito”.

Yo estoy aquí porque mi vida me enseñó una cosa antes que a mucha gente:

Tu valor no lo decide lo que te pasa.
Lo decide lo que haces con ello.

La sordera, en mi caso, no me quitó autoridad.
Me la construyó.

Porque me obligó a desarrollar lo que hoy es mi mayor ventaja:

- disciplina cuando no apetece

- resistencia cuando es más fácil rendirse

- estándar alto cuando el mundo te quiere pequeño

- hambre de progreso

- capacidad de sostener incomodidad

- y una mentalidad de trabajo constante

Yo no nací con la vida fácil.
Nací con una vida que exigía más.

Y a base de repetición, a base de esfuerzo, a base de caer y seguir…
me convertí en alguien que ya no le teme a lo difícil.

Y eso, te guste o no, se nota.

Se nota en cómo pienso.
Se nota en cómo hablo. (para alguien que no podía hablar nunca…)
Se nota en cómo entreno.
Se nota en cómo trabajo.

Porque cuando has vivido años sintiendo que el mundo va más rápido que tú…
o te conviertes en víctima,
o te conviertes en alguien peligrosamente disciplinado.

Yo elegí lo segundo.

Mi regla no es “sé normal”. Mi regla es “sé quien quieras ser”.

Así que si tú estás leyendo esto y te has tragado etiquetas toda tu vida…

El gordo.

El feo.

El lento.

El torpe.

El raro.

El de “yo no puedo”.

Escúchame bien:Mi regla no es “sé normal”. Mi regla es “sé quien quieras ser”.Párrafo

No lo toleres. No lo permitas.

Un diagnóstico puede darte contexto.
Pero jamás debe convertirse en una jaula.

Una etiqueta puede explicar una parte de ti.
Pero jamás debería definir tu identidad.

Tú no estás aquí para encajar.
Estás aquí para vivir.

Y sí, vivir de verdad implica incomodar.
Implica desafiar.
Implica arriesgarte a que no te entiendan.

Pero eso es el precio de tener una vida con esencia.

Yo lo tengo claro:

Si quiero algo, trabajo x10.
Más horas.
Más enfoque.
Más repetición.
Más constancia.

No porque sea un héroe.
Sino porque aprendí temprano que mi camino no venía con facilidades.

Y no pasa nada.

Porque prefiero eso a una vida normal.

Gracias, Cristina.

Y aquí vuelvo al origen, porque lo mereces.

Gracias, Cristina.

Gracias por enseñarme disciplina cuando yo solo quería jugar.
Gracias por obligarme a repetir hasta que saliera bien.
Gracias por no tratarme como frágil.
Gracias por construir en mí el valor del esfuerzo constante.

Jamás te olvidaré.

Porque sin saberlo, no solo me enseñaste a hablar.
Me enseñaste a quedarme cuando lo fácil es huir.
Me enseñaste a no negociar con el estándar.
Me enseñaste a construir una vida que no depende de lo que opinen los demás.

Y hoy, si alguien intenta bajarme el valor por ser sordo…
solo pienso una cosa:

Si supieran lo que me costó llegar aquí,
no dirían ni una palabra.

Y si tú estás ahí ahora mismo, dudando de ti, sintiéndote pequeña, creyendo que “no eres capaz”…

Te lo digo como alguien que ha tenido que ganar cosas que otros dan por hechas:

sé lo que tú quieras ser, joder.

Nadie tiene derecho a ponerte un techo.Imagen
Nadie.

Solo tenemos una puta vida.

Y la vida no está hecha para sobrevivirla.


Está hecha para darlo todo.

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